You are currently browsing the tag archive for the ‘drogas’ tag.

Por:

El pequeño de ocho años estaba sentado frente a mi, pellizcando las puntas de sus dedos y alternaba esa acción ansiosa rascándose la cabeza. Le ofrecí que me preguntara lo que quisiera, había que establecer un vínculo de franquezas. Su pregunta fue si yo podría conseguirle una arma “como esas que usan los sicarios”. La quería para ir practicando, convencido de que una vez que tuviera la fuerza suficiente podría ir en busca de su padre, el agresor que intentó matar a su madre.

Tito no tiene otra respuesta a la violencia que experimentó y presenció desde su nacimiento hasta cumplir la edad en que se considera a sí mismo un “niño mayor, listo y que no es marica porque sabe defenderse”. Para él, ser marica es lo más parecido a ser como su madre, es decir, desde su mirada infantil la mujer es débil, sumisa, tonta, porque “permitía” que el marido la mantuviera amenazada de muerte y con un maltrato psicológico que supera cualquier golpe. Y aunque el pequeño confiesa que la ama y la protegerá siempre, su miedo más profundo, casi descrito como terror, es convertirse en algo parecido a la mujer que le dio vida, que le procuró cariños y alimentos, que le contaba cuentos lindos por las noches para ahuyentar el miedo al ruido de la puerta cuando el padre volvía de noche.

Con apenas ocho años, Tito está convencido de que ser hombre es, necesariamente, ser violento y que hay que obtener poder a toda costa, porque, según sus palabras, “este mundo no es para cobardes”; una frase que escuchó en una película a la cual su padre lo llevó. En ella todos mataban, asegura, y la única manera de seguir vivo, concluye, es sabiendo que podrás matar a tu enemigo.

Dibuja en una hoja blanca. Elige la crayola negra y todo lo que vierte es caótico, informe; aprieta el puño para sostener el instrumento con que se desahoga, le pregunto qué dibuja. Sin mirarme, responde que nada. Lo miro en silencio, en pleno día su noche se derrama sin forma, sabe nombrar su ira, pero no su dolor ni su miedo. Porque él, como miles de niños maltratados, han aprendido a fuerza de malos tratos y de malos ejemplos de héroes masculinos que ser hombre es duro, que para soportar esa dureza hay que ser fuerte, negar el dolor y las emociones y construir herramientas mentales de negación que les permitan subsistir en su vida adulta.

Ser hombre para estos pequeños significa pasarse la vida huyendo de la debilidad, de las emociones, de eso que ellos conectan desde su mirada y su experiencia vital como lo femenino. Aman a su madre por ser dulce y cuidarlos, la odian por ser débil y por no ser como un hombre. Admiran y aman a su padre porque es proveedor y les acompaña en rituales como ver futbol; lo odian por ejercer violencias de diversos tipos, por hacerles sentir inseguros y abandonados.

Resguardados en albergues del Estado, en “casas filtros” del DIF, en hospicios de todo tipo, los hombres pequeñitos reciben terapias, pero casi nunca se les entregan las herramientas para mirar, entender y construir una masculinidad que no sea violenta. Una masculinidad que no sea maltratadora, abusiva del poder, sexista. Y aprenden a admirar a hombres que los maltratan, que violentan a las mujeres de su entorno, que pagan por sexo como un ritual de poder en que son sujetos y ellas objetos.

Los niños aman en contradicción profunda e incomprensible al actor principal de sus pesadillas. Al que puede ser su único modelo a seguir.

Aman a los padres que los abandonaron emocional o incluso físicamente y buscan siempre argumentos que la cultura y la sociedad les facilitan para justificarlos. Porque se quedó viudo, porque no tenía trabajo, porque el alcohol le hace daño, porque le hacen enojar y su violencia es siempre culpa de los otros. Todo a su alrededor, o casi todo, desde el cine, las caricaturas y el discurso social confabula para convencer a los niños de que la única manera de sobrevivir a un mundo abusivo, corrupto, violento, es sometiéndose al culto de la masculinidad. Como si sólo hubiera ese mundo.

Casi todas las bandas criminales juveniles del mundo tienen ritos iniciáticos de violación; ritos de masculinidad que nada tienen que ver con el sexo y mucho con el abuso del poder y el dominio del cuerpo de las mujeres. Miles se unen a bandas con la esperanza de ser aceptados para huir del mundo de los débiles, el mundo de la vulnerabilidad.

Basta ver los miles de soldados jóvenes que vuelven de la guerra con traumas inmensos, forzados, como dice la periodista Gloria Steinem, a ejercer violencia en contra de su voluntad, de lo que les dicta su conciencia, pero lo hacen porque se los ordenan los generales. Y lo mismo sucede con los bullies más poderosos de escuelas que luego de ejercer violencia psicológica incitan a los más débiles en la cadena a lastimar a otros.

Millones de niños pasan la infancia sin saber que hay otra forma de ser hombre que no es esa en que, para ser aceptado en el mundo de los masculino, hay que humillar, golpear, maltratar, corromper y mentir. Un mundo que los hipersexualiza venerando a sus genitales, desconectados de sus emociones eróticas y amorosas, y como resultado, ellos hipersexualizan a las mujeres como objeto y no como sujeto de su deseo.

Estos niños merecen más que un hospicio, más que sólo alejarlos de los agresores, merecen terapias con una perspectiva de masculinidad igualitaria. Merecen la posibilidad de hacerles ver cómo se construyen los roles de género injustos en que unas sirven y otros comen, en que unos parrandean y otras cuidan bebés, en que unos son sujetos y otras objetos. Steinem asegura que en las sociedades más igualitarias los roles de género, es decir, lo que “es femenino” y lo que “es masculino” no están polarizados, sino fluyen.

Por eso las políticas públicas con perspectiva de género no funcionan, porque se cree que decir perspectiva de género es decir mujeres. Y sí, el trabajo con mujeres y niñas es indispensable, pero si no fluye paralelamente con el de los niños y hombres, la igualdad nunca llegará. Tito debería de saber desde niño que puede ser poeta, escritor o bailarín (en lugar de ser sicario) que sin importar el oficio o profesión que elija no dejará de ser un ser humano único, que simplemente nació en un cuerpo de hombre, y que ser hombre puede ser una experiencia maravillosa, llena de gozo, de afectos, de capacidad para crear armonía social y personal. Necesita otro tipo de héroes cotidianos, de hombres congruentes que donen parte de su tiempo libre, como hacen miles de mujeres, para romper el círculo vicioso de la violencia machista.

A veces las noticias en los periódicos tienen unas desafortunadas coincidencias con la publicidad pactada en las mismas.

via: tonterias.com

Por dAVo

Por si no les fue suficiente la algarabia de saber que el Chapo esta en el Forbes entre los mas ricos del planeta, ahora chamacos ya tienen un motivo mas para querer imitar a su superheroe!

Fuente

La revista estadounidense Time ha catalogado al narcotraficante Joaquín “El Chapo“ Guzmán, como una de las 100 personalidades más influyentes del mundo, según su lista anual.

En su versión digital, la publicación señala al líder del Cártel de Sinaloa como “el nuevo Pablo Escobar“ y que el Gobierno de Estados Unidos ofrece 5 millones de dólares por su captura.

“El Chapo“ aparece en el apartado de líderes y revolucionarios, junto a personalidades como el senador demócrata Edward “Ted“ Kennedy, el Primer Ministro británico, Gordon Brown, y los Presidentes de Estados Unidos, Barack Obama, y de Francia, Nicolas Sarkozy.

Time aclara, a través de su editor Rick Stengel, que “no se trata de una lista de la gente más poderosa del mundo, tampoco de una lista de la más inteligente, sino de la gente más influyente“.

Cabe recordar que en marzo, la revista Forbes incluyó al capo en su lista anual de multimillonarios, en el lugar 701 de 790, con una fortuna estimada en mil millones de dólares.

Por: dAVo

Debo confesar que di lectura al siguiente articulo con mucho trabajo, a la mitad del reportaje acelere mi lectura pues la imaginacion ante tan buena narrativa te hace estar practicamente estar en ese picadero, observando, respirando esos olores y palpando de primera mano esa muy cruda realidad, que a pesar de miles de spots, no se puede tapar, esta ahi, a punto de estallarnos en la cara cuando volteamos a proposito a otro sitio mas agradable, para no pensar en ella.

Crudo, real e innegable.

Reportera: Patricia Dávila
fotos: Germán Canseco

En Ciudad Juárez, cuya fama arrastra feminicidios, ejecuciones y guerra entre narcotraficantes, un viaje al infierno en la tierra está a la mano de cualquiera… Son cientos, miles de picaderos de heroína, en donde seres que apenas llevan nombre, mujeres que ya no sueñan, jóvenes que viven para la droga y se drogan para “vivir”, capaces aun
de matar por ella, deambulan como autómatas en medio de la podredumbre y el olvido oficial. La reportera y el fotógrafo de Proceso se internaron en este inframundo, y en este reporte especial lo muestran tal como es: descarnado, enfermo, delirante…

CIUDAD JUAREZ, CHIH.- Piltrafa humana, a Eduardo lo inunda un inesperado ataque de pudor. Siempre indiferente a las miradas, ahora le incomoda la promiscuidad del sitio. Por ello gira su harapienta figura hasta darle la espalda a sus compañeros. Sus ojos navegan en el extravío, su respiración se agita…

Titubeante, la mano izquierda hurga en una de las bolsas de su pantalón. Saca un envoltorio de plástico. De reojo lo mira: parece un diminuto caramelo. Se tranquiliza. Su cuerpo, con sobrepeso, huele mal.

Solitario en la faena, deposita el dulce en el fondo de una lata de cerveza, le agrega agua, activa un encendedor, le da calor hasta que aquello se transforma en un líquido café. De otra bolsa de su pantalón, como un mago transformando el aire en palomas, aparece una jeringa desechable. Está usada, pero con ella absorbe la sustancia. Se la lleva a la boca, la atenaza con los labios resecos. Un ataque de ansia lo estremece…

Tembloroso, se desabrocha, baja el cierre de su pantalón, que se le escurre por los muslos. Encorva las rodillas. Evita que la prenda caiga. Sus nalgas quedan al aire… No lleva trusa.

Con su mano derecha recupera la jeringa usada. Experto en el trámite, se cerciora de que fluya el líquido. La mano izquierda, entre tanto, sostiene su pene erecto. Y ahora la derecha apunta ya sobre la hinchada vena del miembro.

Tras el pinchazo –40 rayas (0.40 mililitros) de heroína disparadas de golpe al torrente sanguíneo–, la contorsión…

Instalado en su efímero paraíso, respira con los ojos cerrados. Su mirada se aviva, las facciones de su rostro se suavizan. Y entonces sí, luego de un intento por acomodarse la ropa, se integra a la comunidad. Inicia la plática con sus compañeros de viaje: alrededor de 20 congregados en ese mediodía de un jueves de junio.

Unos se inyectan, otros alistan la infusión, uno más arregla un cigarro de cocaína. Alejado un poco, otro se prende con una piedra.

–¿Por qué se inyecta, o filerea, como se dice aquí, en el pene? –pregunta la reportera a Julián, exadicto que presume 12 años sin reincidencia en el consumo de heroína y quien por ello es respetado ahora en este inframundo.

–Se filerea en el pene –responde– porque es el único lugar en que las venas están sanas. El resto del cuerpo: brazos, piernas y cuello, ya se lo destrozó.

Eduardo se infiltra hasta tres veces al día en la vena bulbouretral. Es asiduo visitante de la zona conocida como Las Tapias, una de entre miles que existen en la ciudad y en las que personas de cualquier sexo y edad (cada vez más jóvenes) se concentran para aplicarse droga, especialmente heroína. A estos lugares se les conoce como picaderos.

Para llegar a esos refugios, conseguir el veneno e inyectarse no se requiere de un mapa secreto ni de un guía que lo lleve por los escondrijos de esta ciudad tocada permanentemente por la violencia. No, los picaderos pueden encontrarse a dos cuadras del Zócalo, del mercado principal o la presidencia municipal. Aquí todos saben dónde se ubican: a unos pasos de los operativos del Ejército, de la Policía Federal, de la fuerza pública estatal y municipal.

–¿Cuántos picaderos hay en la ciudad? –se le inquiere a Julián, a quien se le menciona que en 1989 el PRI local manejaba la cifra de 10 mil.

–No hay una cifra exacta, pero creo que el número ha disminuido. Actualmente se calcula que existen alrededor de 6 mil.

Por lo pronto, la incursión de las Fuerzas Armadas provocó que se modificara el precio de la dosis. Antes de la llegada del Ejército –finales de marzo pasado– se pagaban 50 pesos por 40 rayas. A partir de los operativos esa dosis llega a cotizarse hasta en el doble.

Conocida internacionalmente como la ciudad de “las muertas de Juárez” debido a los cientos de feminicidios impunes cometidos aquí, y más recientemente por la guerra entre bandas del narcotráfico –que en lo que va del año arroja un saldo de mil 100 ejecuciones–, esta región fronteriza se encuentra prácticamente tomada por el Ejército.

El motivo de la presencia militar es precisamente la guerra que libran esas bandas. Según declaraciones de autoridades locales de seguridad pública, el líder del cártel de Sinaloa, Joaquín El Chapo Guzmán, insiste en disputarle la plaza al cártel comandado por Los Zetas y sus hoy aliados: los hermanos Beltrán Leyva y el cártel de Juárez, que dirige Vicente Carrillo Fuentes. A su vez, este cártel lidera al grupo de expolicías conocidos como La Línea, que junto con la banda de Los Aztecas controlan la venta de droga en esta ciudad fronteriza desde 1989.

Las Tapias se ubica en la colonia Barrio Alto. La conforman cuatro de los picaderos más grandes de Juárez, tres fijos y uno ambulante. Los operadores de esta zona son conocidos como Los Pilullos, quienes son controlados por Los Aztecas.

u u u

Sentada en el piso con las piernas extendidas, María, de 32 años, acaba de “meterse” 0.40 mililitros de heroína. Por unos segundos su rostro deja ver la extraña serenidad que le proporciona la invasión de la droga.

–¡Estoy embarazada! –grita de pronto.

La joven viste ropa limpia: un short blanco y una amplia camisa a rayas color café y blanco, en la que apenas cabe su abultado vientre. Los rizos de su pelo negro caen sobre su cara y cuello. No se inmuta cuando suelta el dato: “estoy a 10 días de parir”.

A pesar de tener dos hijos de 18 y 12 años, dice que el que espera es como si fuera el primero porque los otros viven con su abuela. “Me los quitó por adicta”, asume.

Sin dificultad, se instala en la confidencia. Cuando tenía seis meses de embarazo acudió al doctor para que la ayudara a dejar la droga: “Me dijo que no, que en todo caso será hasta que yo dé a luz”.

–¿Le explicó por qué?

–Sí. Dijo que si dejo de picarme mi bebé se muere porque ya lo volví dependiente a la droga. Sólo me dio ácido fólico (tratamiento para evitar que venga con defectos de nacimiento en el cerebro y la médula espinal).

–¿Qué piensan tú y tu esposo de lo que dijo el médico?

–Sentí feo, ya perdí a dos hijos y puedo perder a éste. Mi esposo tenía la esperanza de que al casarnos dejara de drogarme. Pero no pude.

Su marido, dice, es quien le financia la droga: “Sabe que salgo a conseguirla, pero no le digo adónde. Si conociera este lugar –Las Tapias– no me dejaría regresar aquí”.

En todo su embarazo, María sólo fue una vez al médico. No se hizo ningún ultrasonido. A estas alturas de la gestación ignora el sexo de su bebé. La próxima madre reposa su espalda en el muro, sus brazos caen a los lados de sus caderas. Con sus manos se acaricia el vientre.

Muy cerca de ella, Martha y su esposo, sentados también en el piso, escuchan el relato de María. Martha, explica su pareja, cumplió seis meses de embarazo el 18 de junio. Acaban de inyectarse, pero están en alerta. Esperan el arribo de los militares. “Todos los días vienen”, arguye Martha. “Hace dos meses llegaron cuando estábamos comprando… Todos corrieron, también el vendedor. Por mi estado, mi esposo se quedó a esperarme y lo agarraron. Dijeron que él era el distribuidor”.

Los de la migra, dicen, pueden llegar en cualquier instante. Y aunque golpean a los adictos y les quitan la droga, éstos regresarán al picadero porque, sostienen, no hay alternativa.

u u u

Es mediodía. La reportera y el fotógrafo ingresaron a la zona de los picaderos de Las Tapias acompañados por Julián y Manuel, ambos exadictos, que ahora forman parte del programa Compañeros, que se dedica a combatir enfermedades como el sida y la hepatitis C, a las cuales los drogadictos son más propensos.

Llevan cajas con 800 jeringas desechables, conocidas en estos bajos fondos como cuetes. La aguja tiene un milímetro de calibre y 0.5 de grosor. “Son especiales para nosotros, no se desperdicia nada”, dice satisfecho un heroinómano en medio de su éxtasis.

Julián y Manuel llevan también cuatro botes grandes, llenos de caramelo macizo y dos cajas de jugos. Lo dulce es bueno para calmar la ansiedad causada por la malilla que deja la falta de droga, explican los voluntarios.

La calle en que estacionan el automóvil está desierta. De la cajuela bajan los cuetes, los dulces y los jugos. De la nada aparece un joven como de 25 años. Quiere intercambiar 15 jeringas usadas. Las cuenta una a una mientras las deposita en un recipiente rojo y toma las nuevas.

En cosa de segundos, Julián y Manuel están rodeados por una decena de adictos. Desde las casas cercanas llegan más personas. De la cuadra siguiente también. Todos se dirigen al auto de los voluntarios. La dotación de cuetes vírgenes se agota pronto.

Los voluntarios acuden una vez a la semana a este lugar. Gracias a esta labor consiguen disminuir –mas no desparecer– el riesgo de que una jeringa sea usada más de una vez. Por ello, cuentan Julián y Manuel, han enseñado a los adictos a “desinfectarlas con alcohol o cloro”.

De uno de los picaderos de Las Tapias asoma Daniel, hombre joven, alto, de pelo lacio color negro que reconoce a Julián y lo invita a entrar. En el interior del cuartucho, al fondo, descansa Ismael, el dueño, en una cama matrimonial. Además de la cama hay tres sillones, y hace las veces de mesa una vieja hielera de unicel donde los “clientes” preparan la dosis.

A dos jóvenes la malilla les pegó desde temprano. Malamente pueden coordinar sus movimientos y su habla. No habían conseguido dinero para curarse, pero ya están ahí. Piden su cuete nuevo y entregan el usado. Daniel les da la cuca, el fondo de una lata de cerveza parada al revés y donde se forma una especie de cazuelita. Los adictos la utilizan para disolver y calentar la heroína. Sobre la cuca, los dos jóvenes colocan una minúscula mota de algodón –de apenas unos tres milímetros de diámetro– que sirve, dicen, para absorber sustancias como el café, con las cuales los vendedores rebajan la droga.

Uno de ellos se filerea en el antebrazo derecho, pero el líquido no fluye, la aguja se tapó. Lo intenta en el izquierdo, muy cerca de la axila. Tiene éxito. Adentro del baño, sentado en una silla, un harapiento con la piel plagada de mugre se pica entre los dedos del pie derecho. Cuando termina, con dificultad desliza la callosa extremidad dentro de un desgastado tenis sin agujeta. El pie izquierdo lo acomoda en una sandalia “pata de gallo”. Apenas puede andar, sale cojeando. En el baño se observa un bote blanco de 40 litros repleto de cucas y, a su lado, una caja igual de llena.

Para entonces, en solo 15 minutos, el procedimiento lo repiten nueve que llegaron “bien locos”, describe Daniel. Por usar el picadero los adictos pagan una gota (10 mililitros) de heroína que dejan en el recipiente y que es recolectada por Daniel en otra jeringa hasta llenarla. Así juntan las ocho dosis que entre su patrón y él consumen al día.

u u u

“En su mayoría, los picaderos son operados por usuarios con problemas de adicción muy fuerte. Los tienen para resolver su situación de consumo, no para hacer dinero”, explica María Elena Ramos, directora de Compañeros, que atiende 50 picaderos fijos y 15 ambulantes, y quien fue el primer contacto de los reporteros para ingresar a esos lugares.

Ahora es Ismael quien autoriza el acceso de los visitantes a otro picadero de Las Tapias, situado a unos pasos de su casa. Al fondo, en los dos cuartos que conforman este punto de adicción, se pierde un grupo de aproximadamente 30 hombres y mujeres andrajosos y despeinados. Esperan al vendedor de droga.

Huele a orines. Huele a vómito, a mariguana. Huele a cocaína. Huele a piedra…

El aire es denso, provoca náuseas. La cabeza duele. De todo se consume ahí. Entra un distribuidor. Se percata de que hay extraños. Inicia la venta a la discreta, primero fuera del cuarto, pero después ya no importan los desconocidos: el tráfico es abierto.

El vendedor se confunde entre los consumidores…

Aturdidos por el ansia, los adictos no reparan en visitas de extraños como los reporteros. Mucho menos cuando se están filereando, aunque conforme pasa el efecto de la droga reaccionan y se intimidan ante los desconocidos.

u u u

Instalado a la mitad del cuarto, Martín, adicto también a la heroína, es diestro para filerear el cuello, directamente en la yugular. Igual que la vena que recorre el pene, esta arteria es gruesa y fácil de localizar. Martín no recuerda cuantos años lleva haciéndolo, pero sus clientes, que se cuentan por decenas, tienen el mismo problema: el único conductor que les queda útil está en el cuello.

Hacen fila. Esperan pacientemente su turno. Gozan con los pinchazos que recibe el de adelante… En tan solo 30 minutos, por las manos de Martín han pasado 10 de sus compañeros de cuarto.

Encabeza la fila Domingo, le sigue Sara, quien no quita la vista de la yugular de su compañero. Su rostro hace un gesto de disfrute al observar cómo poco a poco le penetra la heroína. Es su turno. Lleva la cabeza hacia atrás, deja la piel de su cuello estirada, cierra lentamente los ojos. Goza antes de que la aguja la penetre. Martín le dispara la carga de heroína. Sara abre la boca con deleite. Le escurre saliva. Está en éxtasis.

Todos han recibido su primera dosis del día. Alrededor de las cuatro de la tarde les toca la segunda. Antes de llegar al picadero tuvieron que haber resuelto el problema de la lana.

–¿Qué han hecho por conseguir la droga? –se le pregunta a Marcelo, encargado del picadero y también adicto.

En la puerta, Alma, una mujer delgada, bajita y muy morena, con brazos y cuello desfigurados por tanta cicatriz, responde: “La malilla nos hace robar, asaltar a la gente y hasta matar, porque necesitamos la droga en nuestro cuerpo”.

Una joven de aproximadamente 18 años, alta, esbelta, hermosa pero desaliñada, interviene: “La droga nos transforma. Me puedo tirar (matar) a quien sea por ella”. Esta mujer se reserva su nombre, pero sube su falda. Muestra su pierna derecha: es una brasa debido a la infección por las filereadas. Junto a ella, otro adicto enseña la pantorrilla: también está hecha una desgracia por las cicatrices e infecciones. Uno más exhibe los antebrazos, comidos por las llagas.

Pero ese dolor no es nada. Es soportable, a diferencia del que provoca la falta de la droga.

Alma, quien intervino primero, ya no le hace caso a nadie. Camina como entre nubes, tranquilamente se abre paso y se refugia en una esquina del derruido cuarto. Sentada en el piso, se acurruca. Se pierden sus ojos, su rostro, su pecho, prácticamente hasta su respiración.

Las graves laceraciones que los adictos se ocasionan en el cuerpo, explica la directora de Compañeros, María Elena Ramos, únicamente son atendidas los jueves durante las campañas de intercambio de jeringas, ya que, se queja, las autoridades de salud en el estado se niegan a auxiliar a estas personas. Ramos cree que este tipo de lesiones, que van pudriendo la carne, se producen porque las drogas pueden estar siendo rebajadas con sustancias tóxicas.

Rumbo al oriente y poniente de Ciudad Juárez se concentra el mayor número de picaderos, donde los adictos le pegan a todo: a la piedra (bicarbonato de sodio, agua y raticida), que se fuman con una pipa fabricada con un trozo de antena para TV, con un foco o con papel aluminio; al agua celeste (químico que inhalan similar al thinner); a la mariguana; a la heroína, e incluso al mezcal… Igual hacen mezclas, como el speedball (combinación de cocaína con heroína), que también se inyectan.

En otra de las colonias visitadas por los reporteros de Proceso, la San Antonio, operan dos picaderos. Cada uno recibe más de 100 usuarios por día. Los dueños de este picadero son Lalo y Juan. El primero tiene 35 años, pero parece de 50; al segundo se le calculan 60, aunque tiene 42.

Este picadero es frecuentado por Hugo, al que apodan El Locutor, quien en una garrafa de plástico lleva un litro de mezcal. Dice que el dinero no le alcanzó ni para una dosis de heroína. Sus brazos están hinchados, tienen bolas moradas y grandes agujeros amoratados de los que escurren hilos de sangre. Toma una cobija del piso, le quita los pedazos de tierra dura y se limpia con ella. En su brazo izquierdo se forma una torta de sangre… Mete la jeringa en el mezcal, la llena, deja caer un poco en el brazo manchado y lo vuelve a limpiar. Se lleva la jeringa a la boca, se vacía otro chorro y lo traga. Luego se inyecta lo que queda. Repite la operación enseguida y luego otra, y otra y otra vez. La sangre no deja de fluir.

Pegada a la colonia Bella Vista está la Alta Vista. En ésta operan cinco picaderos fijos. Las dos colonias son controladas por Los Aztecas. Aquí resulta imposible visitar un picadero. El recorrido se realiza en automóvil. En cada calle hay vendedores en bicicleta, sentados en la banqueta bajo un árbol, en una ventana, en una puerta, en una tienda o en la cancha. Todos vigilan: desde las amas de casa hasta las niñas chifladoras, que dan el aviso cuando detectan a un extraño.

Debido a picaderos como éstos y a la presencia de los grandes cárteles de la droga, Ciudad Juárez mantiene el primer lugar en consumo de heroína en el país, por arriba de Tijuana.

u u u

Recorren el cuartucho como si estuvieran en la intimidad. Una joven mujer se acerca a un hombre que en la mano izquierda sujeta un refresco. Se coquetean. Se disputan, jugueteando, la posesión del envase. Él le cruza un brazo sobre los hombros y alcanza a deslizar su mano dentro de la roja blusa. La mujer aprovecha el manoseo para quitarle el líquido. Él avanza. La besa en el cuello y con la mano que tiene libre le toquetea la vagina.

Ambos se acaban de infiltrar. Se refugian en un rincón de la habitación, pero ninguno de los habituales usuarios de estos espacios se interesa por el espectáculo de sexo en vivo.

La promiscuidad es asunto de todos los días…

Con los pelos de la burra en la mano.

La mañana de hoy, caminaba por el primer cuadro de la ciudad presuroso a mi trabajo, cuando en una esquina, una portada de un diario, llamo poderosamente mi atención, pues publicó en primera plana “Advierten de drogas LSD en escuelas de Yucatán”.

Recordé un mail que me re enviaron hace un par de semanas, en el que supuestamente la Procuraduría General de la Republica recomendaba al lector ser extremadamente cuidadoso con las golosinas y estampitas que los niños compraban.

Me llamo la atención, pues hace un par de años ya me había llegado el mismo mail, lo único que cambio fue que ahora era “oficial”. (Logotipos que cualquiera en Internet puede copiar y pegar)

Tengo mis dudas:

En ese mensaje como en el anterior, hacen referencia a que las estampitas o timbres, siguen siendo de personajes como Bart Simpson, Superman, mariposas, payasos y otros personajes de Disney.

Puedo estar equivocado, pero los niños de ahora están más interesados en Naruto, Ben 10, los Padrinos Mágicos, Bob Esponja, Avatar, entre otros personajes.

La droga a la que hace mención es un psicotrópico que era muy popular a finales de los sesentas, utilizado en su mayoría por los hippies. Actualmente los psicotrópicos más populares son las anfetaminas y las metanfetaminas.

Si tan importante y tan real es el peligro, ya hubiese escuchado a Doriga, o a cualquier otro comunicador de medios masivos a nivel nacional dar la nota.

NO he visto por ninguna parte, que haya detenidos por estos casos, ni un reporte en algún hospital con casos de niños intoxicados por estas causas.

Las drogas más populares son: la marihuana, la cocaína, y la heroína. Además de los psicotrópicos antes mencionados.

No me imagino donde esta el negocio para un narcotraficante, en este caso, viéndolo por donde sea, no hay negocio.

Hace un par de días, tuvimos un caso, en donde se acusaron a unas personas de ser integrantes de los zetas. Ya sabemos en que paró. Cuando lo leí, no me podía imaginar que uno siendo sicario, estaría hacinado, en una casa humilde junto a muchas personas, sin los lujos y la tecnología a las que tienen acceso Es de sentido común, tan simple como eso.

Esto en si fue un error de la policía y no un error editorial.

No me parece justo, y lo ultimo que necesitamos los meridanos, es este tipo de noticias, que lo único que provocan es pánico e histeria en la población. En ese aspecto ya tenemos suficiente, y lo que deseamos es regresar a nuestra cotidiana y pacifica manera de vivir.

Hacer querer valido un mito como este, es el equivalente al chupacabras en su tiempo, o al mito de que ciertos billetes tenían cocaína.

Para dar este tipo de información, hay que tener los pelos de la burra en la mano, en caso contrario, es mejor no hacerlo.

Deseo estar equivocado y que con fundamentos fuertes y verdaderos me refuten esta teoría, pues no quiero creer, que algunos medios solamente les interesa el tiraje de sus ventas, sin importar el daño que puedan causar.

La directora Eidy (sic) Herrera muestra el documento emitido por la PGR en la que se advierte a los padres de familia del riesgo de sus hijo. ( Amílcar Rodríguez/SIPSE)

Psicopatas que han entrado

  • 704,145 dementes

Locos en la camara de electroshocks

tracker

Twitter:

  • Descansa en Paz Carlos Fuentes =(Nuevo post en el Bendito Manicomio14 hours ago
  • Feliz día Maestros!!! Ceci Marín César Arjona El Mtro Joaquín Patricia Ancira Berny Elsie Bazán Mariana Marisol... fb.me/21yED1LchNuevo post en el Bendito Manicomio18 hours ago
  • Si no soy mandilón.... nada más soy hogareño! =PNuevo post en el Bendito Manicomio1 day ago
  • =) Excelente día. Me divertí mucho. Muchas gracias por la invitación =) fb.me/1m9PfHjhlNuevo post en el Bendito Manicomio3 days ago

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 968 seguidores

 

mayo 2012
L M X J V S D
« abr    
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031