Mi doctora es una adultera

Cuando entras a una consulta clínica el ambiente huele a limpio. Hay enfermeras y doctores con batas blancas y sonrisas enormes por todas partes. Todo esta impoluto. Perfecto. Parece el cielo. Pero en realidad, en ese edificio se esconden personas con más de una historia que contar.

Me siento en la sala de espera, hasta que una doctora de bata blanca abre la puerta de la consulta y recita mi nombre bajo la atenta mirada de un listado de pacientes. Lleva unos lentes sin borde,  como la mayoría de médicos de hoy en día, que van todos a la última, en cuanto a estética moderna-intelectual se diga. Tiene el pelo largo, de bucles rizados marrones. Ojos color café, aunque las gafas no me dejan verlos en su totalidad y no alcanzo a descifrar si son color café de máquina o color café de sobre. Labios rojos pintados. Demasiados pintados diría yo. Tomo asiento en frente de ella, nuestras miradas están cercas, pero una mesa y un ordenador separan nuestra burbuja íntima.

Con voz ronca y desgastada le explico que tengo gripe y fiebre. Ella me dice que si ya sé lo que tengo para que voy al médico. Odio a los médicos. Se creen súper dioses superiores a la raza humana, con sus batitas blancas y sus zapatillas de andar por casa. Porque tendrá que recetarme usted algún tipo de medicamento, le contesto. Y porque quiero un justificante para no tener que ir mañana al instituto. Esto último no se lo digo. La cosa empieza mal. No hemos logrado entendernos ni en el primer intercambio de frases.

Me tumbo sobre la camilla y me dice que me quite la camiseta. Me pone en el pecho, uno de esos aparatos que llevan los médicos colgados en el cuello en las películas. Un estetoscopio, creo que se llama. Está frío. Suspiro hondo.

Mientras me pongo la camiseta, la doctora atiende una llamada telefónica. Me vuelvo a sentar frente a la mesa del ordenador y ella, de espaldas, continúa hablando por teléfono. Habla con un tal Alesh, discuten sobre si se verán mañana por la tarde después de que recoja a los niños del colegio o si por el contrario, se verán esa misma noche y la doctora le contará a su marido que tiene que hacer una guardia en la consulta. Mientras tanto yo lo voy archivando todo en mi cerebro. Como un detective secreto, que en realidad no es un paciente, ni tiene gripe, ni fiebre, ni nada. Simplemente está de servicio, y tiene que llevar pruebas de que la doctora Ana, no es sólo una súper diosa, sino también una adúltera. Es una lástima que mi retina no pueda grabar y almacenar toda esa conversación. Daría lo que fuera por llevarle todas esas pruebas al marido de la doctora Ana.

Cuelga el teléfono y se sienta en su silla rotatoria con una sonrisita en los labios. Con lo seria y seca que parecía con esas gafitas de pasta, pienso. Pero en realidad es una víbora. Una de esas mujeres que no son adúlteras por placer, sino por necesidad. La doctora Ana tiene una doble vida con un tal Alesh, y sólo yo, un pobre e indefenso paciente, lo sé.

Me receta un par de medicamentos con nombres raros. Puta q raros… ambroxol y paracetamol, con esto curan todas las enfermedades en este pais. Pone un sello en la receta y nos despedimos. Salgo de la consulta con cara de cansado.

En mi infancia, hubo una temporada que quise ser detective secreto. Pero ahora, que he tenido la oportunidad de mi vida, no he logrado saber ni cómo puedo contactar con el marido de la doctora Ana.

Salgo a la calle y me subo al camion. La verdad es que no soy un buen detective secreto, pero siempre puedo escribirlo en mi blog. Quién sabe si el marido de Ana, se pasa por aquí cualquier día a curiosear y se encuentra con que su mujer, es todo menos una doctora fiel. Por si eso sucede alguna vez, al tal marido, le dejo una nota explicativa:

Marido de la doctora Ana, si alguna vez usted lee esto, quiero que sepa que su mujer es una adúltera, y que se acuesta con un tal Alesh, que probablemente tiene menos panza y más pelo que usted. Si pensaba que por no ver el fútbol los domingos en casa e ir al table su mujer le iba a ser fiel, se equivocaba. Lo peor de todo es que seguro que usted es un buen marido y un buen padre. La próxima vez no se case con una doctora, que seis años de carrera estudiando anatomía del cuerpo se notan, y siempre se van por lo más joven, usted ya me entiende. Cásese con una psicoanalista, una psicóloga o alguna mujer que sepa algo sobre los sentimientos de las personas. O mejor, siga con la doctora Ana toda su vida, acostándose con ella por las noches como si no supiera que ya lo hace a diario con un tal Alesh, y desahóguese por las mañanas en el trabajo, soltando todo ese odio contenido en un blog, que terminarán leyendo gente que, gracias a Dios, no conoce. Yo lo he probado, y créame, no está tan mal.

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